5 agosto, 2020

DEMASIADO TARDE, por Macarena Gálvez Maldonado

Demasiado tarde

Me siento frente a la ventana con cuidado. Sólo escucho el silbar de las persianas, como se mueven con delicadeza cada vez que una brisa las acaricia a su paso. Hace mucho frío y sólo rezo para que Daniel no haya olvidado el abrigo.

Miro el reloj preocupada, son las doce. Hace una hora que quedamos en vernos en la vieja casa para hablar sobre lo ocurrido y aún no ha aparecido.

Me levanto con un extraño miedo recorriendo mi cuerpo. Daniel siempre ha sido muy puntual, nunca se pierde una reunión y menos una tan importante. La simple idea de que le haya ocurrido algo pasa por mi mente en una fracción de segundo. Suficiente para que coja una chaqueta y un gorro y me disponga a salir fuera para buscarlo. Al abrir la puerta oigo crujir la madera de las escaleras a mi espalda. De nuevo, me invade esa sensación extraña que me produce escalofríos. Tengo un mal presentimiento y eso sólo provoca que acelere el paso y marche aún más decidida. La casa de Daniel se encuentra a quince minutos,así que me dirijo hacía allí prestando atención a mi alrededor por si encuentro algo que me indique que ha pasado por aquí. Para mi desgracia no consigo ver nada. Al llegar, encuentro la casa totalmente vacía. El silencio que la envuelve resulta extrañamente tranquilizador. De repente diviso a lo lejos una vela encendida. Recorro el pasillo despacio, con miedo a que mis pasos despierten algo. Noto como mi cuerpo es atraído por aquella pequeña e insignificante luz de una forma inexplicable. A medida que avanzo mi cuerpo va entrando poco a poco en calma, comienza a invadirme una paz que lentamente se va apoderando de mi alma. Cuando estoy lo suficientemente cerca la vela se apaga con un grito ahogado. Un grito agudo que sale de mi garganta. Percibo un aliento en mi cuello, cálido y estremecedor. Me giro con el corazón con el corazón acelerado y la piel completamente erizada. Al ver esos ojos no tardo en entender lo sucedido. Daniel tenía razón, ha vuelto y ya es demasiado tarde.

Macarena Gálvez Maldonado

1º Bachillerato B